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DEL EVANGELIO A LA INSTITUCIÓN:
CÓMO LA IGLESIA SE ALEJÓ DEL MENSAJE DE JESÚS

A lo largo de la historia, el cristianismo experimentó una transformación profunda que lo llevó desde la sencillez del mensaje de Jesús hasta convertirse en una poderosa institución religiosa. El cambio no fue inmediato ni accidental. Poco a poco, aquella comunidad inspirada por el Galileo que caminaba entre pobres, enfermos y excluidos fue adoptando las formas propias de toda religión organizada: mitos, normas y rituales. Lo esencial dejó de ser el compromiso con los demás para centrarse en la salvación individual y en la obediencia a una estructura institucional cada vez más fuerte.

Jesús de Nazaret nunca presentó su mensaje como una religión destinada a asegurar premios en el más allá. Su vida y su enseñanza giraban alrededor de la dignidad humana, de la justicia y de la solidaridad con quienes sufrían. No pidió ceremonias complicadas ni impuso sistemas de poder. Habló de compasión, de libertad y de fraternidad. Su propuesta no consistía en cumplir ritos, sino en vivir de una manera nueva, poniendo al ser humano por encima de las leyes y de las estructuras religiosas.

Sin embargo, con el paso del tiempo, el cristianismo fue alejándose de ese espíritu original. La fe comenzó a identificarse más con prácticas externas y obligaciones religiosas que con una transformación ética de la vida. El rito ocupó el lugar de la compasión y la obediencia sustituyó al compromiso con el prójimo. Así, la experiencia liberadora del Evangelio terminó convertida en una religión preocupada por mantener normas, jerarquías y doctrinas.

En ese proceso apareció una figura desconocida en los Evangelios: el clero entendido como un grupo separado y privilegiado. Los primeros seguidores de Jesús se reunían como hermanos y hermanas, sin grandes diferencias entre ellos. Pero cuando el cristia-nismo empezó a integrarse en las estructuras del Imperio romano, especialmente desde la época del emperador Constantino, los dirigentes de la Iglesia fueron adquiriendo poder político y social. Los obispos dejaron de ser simples animadores de comunidades para convertirse en parte de las élites del imperio.

La Iglesia pasó entonces de ser una comunidad cercana a los pobres a convertirse en garante del orden establecido. Su alianza con el poder político le permitió ganar influencia, riqueza y estabilidad, pero también la alejó del mensaje crítico y liberador de Jesús. En lugar de cuestionar las injusticias sociales, muchas veces terminó legitimándolas. Esta deformación se hace visible hoy en la espectacu-laridad de los viajes pontificios, convertidos con frecuencia en escenarios de un exagerado culto papalátrico. En estas visitas, la figura del Papa es exaltada mediante un despliegue de masas y protocolo que imita y se codea con los grandes poderes de este mundo; una escenificación del poder absoluto que dista mucho de reflejar los valores de sencillez y horizontalidad evangélicos. La moral religiosa comenzó a servir así como instrumento para mantener la obediencia y conservar intactas las estructuras económicas y políticas existentes.

El contraste entre religión y Evangelio se hizo cada vez más evidente. Mientras la religión pone el acento en la salvación individual y en el cumplimiento de normas, el Evangelio invita a salir de uno mismo y a comprometerse con el sufrimiento de los demás. La religión busca tranquilidad y seguridad; el Evangelio incomoda porque exige justicia. La religión crea jerarquías; el Evangelio recuerda que todos son iguales. La religión suele bendecir el poder; el Evangelio se coloca al lado de quienes padecen sus abusos.

Por eso el mensaje de Jesús resulta profundamente incómodo para cualquier sistema basado en privilegios. Jesús no enseñó a resignarse ante la injusticia esperando recompensas futuras. Habló de transformar el presente, de construir aquí y ahora una sociedad más humana. El Reino de Dios que anunciaba no era un lugar lejano después de la muerte, sino una manera nueva de vivir basada en la fraternidad, la libertad y la dignidad de los últimos.

Desde esta perspectiva, institucionalizar completamente el Evangelio implica correr el riesgo de traicionarlo. El espíritu de libertad que Jesús proponía difícilmente puede encerrarse en estructuras rígidas o en sistemas de poder. La experiencia espiritual que nace del Evangelio no gira alrededor del beneficio personal, sino de la entrega a los demás, especialmente a los más débiles. Y precisamente por eso tiene una fuerza profundamente transformadora y subversiva.

Reconocer esta distancia entre el mensaje original de Jesús y buena parte del cristianismo histórico no significa necesariamente rechazar toda experiencia religiosa ni negar el valor espiritual de muchas personas creyentes. Significa, más bien, preguntarse hasta qué punto la Iglesia ha permanecido fiel a aquel hombre que vivió sin privilegios, sin templos de poder y sin otra autoridad que la de su coherencia con los pobres y excluidos.

Volver al Evangelio supone recuperar esa dimensión ética y liberadora que muchas veces quedó oculta bajo siglos de institucionalización. Significa entender la fe no como refugio individual ni como mecanismo de control social, sino como una llamada a construir un mundo más justo y más humano. Seguir a Jesús, ayer como hoy, continúa siendo un desafío incómodo porque obliga a cuestionar no solo las estructuras religiosas, sino también las económicas, políticas y culturales que perpetúan la desigualdad y el sufrimiento.

Quizá por eso el mensaje del Galileo sigue conservando una fuerza capaz de interpelar incluso en nuestro tiempo: porque habla menos de templos y doctrinas, y mucho más de libertad, justicia y compasión.